Cuando el hombre fue adonde le indicaba el chico y se agachó, vio que, realmente, salía sangre de la parte posterior de un auto Dodge Polara estacionado en Coronel Díaz y Pacheco de Melo.
Poco después, alertada por el transeúnte circunstancial, llegaba la policía, constatando la denuncia. Y al no poder abrir por medios mecánicos el baúl cerrado con llave, debió emplear un detonante.
Allí estaban, por fin, al descubierto, los cuerpos sin vida del ingeniero industrial Mauricio Schoklender, de 51 años de edad, y de su esposa Cristina Silva Romano, quien iba a cumplir 49, ampliamente conocidos en Tandil, ya que habían estado aquí por espacio de doce años, lapso en el cual nacieron sus tres hijos, Sergio Mauricio, Pablo Guillermo y Ana Valeria.
Tenían ambos signos de estrangulación, múltiples contusiones y heridas, entre otras lesiones.
Transcurría el domingo 30 de mayo de 1981. Y rápidamente, comenzó la investigación.
“Yo estaba abriendo el negocio, a las siete de la mañana –dijo un comerciante ubicado por allí cerca- y vi como el auto estacionaba junto al mío. De él bajó un hombre joven, bien vestido, quien se alejó caminando con toda tranquilidad”.
Identificados los cuerpos, siguieron las averiguaciones en el domicilio de las víctimas, ubicado en calle Tres de Febrero 1480, barrio Belgrano, en la Capital Federal.
“Yo –dijo el encargado del edificio- siempre lavaba el auto del ingeniero, pero a las 6,15 vino a mi casa Sergio Mauricio, hijo mayor del matrimonio y me pidió que lo dejara como estaba, porque él iba a salir enseguida… Y, efectivamente, salió poco después”.
“Esto no me sorprendió –siguió diciendo- porque varias veces me dieron contraordenes con respecto al vehículo y a su uso por los jóvenes”.
Pudo establecerse después, que la noche del sábado la familia había festejado, en un carrito de la Costanera, el cumpleaños veintitrés de Sergio Mauricio, el hijo mayor, con ausencia de Pablo, el menor de los Schoklender.
Alrededor de las diez de la noche, el matrimonio regresó a su departamento del cuarto piso, en tanto los dos hijos que los habían acompañado a la cena, se sumaron a un grupo de amigos, concurriendo a una confitería bailable, para continuar la velada.
Llegada la media noche, Sergio Mauricio regresó al departamento familiar. Lo acompañó su hermana Ana Valeria. Pero al llegar, el muchacho le dijo a la hermana: “Vos seguí divirtiéndote. No quiero arruinarte la noche. Me quedo, porque… ¿sabes?... estoy cansado.”
La madre, en tanto, tal como era su costumbre, había salido luego para divertirse por su cuenta, mientras el padre se disponía a descansar.
Según versiones recogidas por la instrucción sumarial, ella habría vuelto “semidormida y ebria”, quedando sentada en un sillón. Ese habría sido el momento en que, teniendo en cuenta la misma fuente, se habría producido el crimen.
La señora recibió un fuerte golpe en la cabeza y después, fue estrangulada, provocándole la muerte. Lo mismo habría de ocurrir, solo instantes más tarde, con su marido, quien descansaba en el dormitorio matrimonial.
¿Quién los había matado?... ¿Por qué?
En el próximo capítulo veremos como sigue la historia.
FOTO: Mauricio Schoklender, una de las víctimas del parricidio.







