Parece que los malhechores comprendieron la situación y montando sus cabalgaduras, tomaron en dirección a las sierras, donde tenían su guarida.
En cercanías del aguantadero, se encontraron con un pobre viejo que conocía muy bien sus andanzas y que sabiamente les aconsejó: “Cambien de vida muchachos… cambien de vida. Les recomiendo que encierren el pasado yéndose lejos, adonde nadie los conozca, donde puedan rehacer su existencia trabajando dignamente”. Y por el solo hecho de aconsejarlos, lo mataron de varias puñaladas.
Dispuestos, sin embargo, a salvar el pellejo y temerosos que la fuerza armada en “La Providencia” pudiera seguir sus pasos, tomaron hacia la sierra de Pillahuincó. Y no se equivocaron, ya que detrás de ellos salió el valeroso sargento Celestino Miranda, el mismo que había capturado poco antes al delincuente Juan Gregorio Alba y que por aquel entonces prestaba servicios en la comisaría de Tandil, quien acompañado por su asistente negro, con dos caballos montados y otros dos de tiro, procuraron darles alcance para hacerles rendir cuentas de sus andanzas al margen de la ley.
Seguramente olfateando esos movimientos, “El Oriental” se separó de los Barrientos, apenas pisaron sus cabalgaduras el partido de Tandil. Poco después, palpitando los hermanos quizá que le iban pisando los talones, se escondieron en un espeso monte cercano al arroyo Los Huesos, hasta donde llegó el sargento con su ayudante.
Fue entonces que los Barrientos, al verse descubiertos, montaron a caballo y salieron al galope. Miranda advirtió el movimiento y echando pie a tierra rápidamente, llevó al hombro la culata de su Remington y haciendo puntería, apretó el disparador Un quejido y un relincho pudieron oírse a la distancia, mientras Pedro Barrientos, herido de muerte, quedaba de cara al cielo tragando el polvo del camino.







