Y si bien Gancedo andaba siempre con una crecida pelambre en su rostro, no debía ser tenido muy en cuenta para ligarlo al hecho –según afirmaban los peones que diariamente lo trataban desde hacía dos años- porque era un hombre que nunca había dado lugar a quejas. Además, debía tenerse en cuenta que apenas se inició la búsqueda, apareció junto al personal de “La Sorpresa”, abocado él también a la tarea de encontrar los rastros del secuestrador.
Por otra parte –sostenían- era un hombre "incapaz de matar una mosca”…
Sin embargo, en un momento en el que todos eran sospechosos, él no podía ser una excepción. De ahí que la policía se abocara a buscarlo.
Apenas había aclarado, el hombre había partido ese día con una azada al hombro hacia un lugar del campo. No obstante que sus compañeros le habían advertido que “no convenía alejarse de la estancia después de lo sucedido". Y no había regresado, como era habitual, al caer la tarde.
Así fue como, sorprendido al entrar la noche, fue detenido por una brigada policial., en uno de los caminos interiores de la estancia, cuando se dirigía a ella.
Esto venía a confirmar la opinión de quienes lo creían ajeno al hecho, ya que si de algo era culpable –deecían- resultaba poco juicioso volver al lugar y más le huibiera valido poner distancia lo más rápidamente posible.
Pero también abonaba la presunción de quienes desconfiaban del linyera, ya que sostenían que el regreso podía estar vinculado al propósito de levantar sus efectos y alejarse definitivamente de la estancia.
Y la suspicacia habría de cobrar cuerpo, cuando Gancedo exhibió su cara bien rasurada. Sugestivamente afeitada, cuando era su costumbre andar siempre con barba.
Al reclamársele imperativamente explicaciones por ese cambio, dijo que había estado en Mar del Plata y que había aprovechado para hacerse afeitar.
Y cuando se le preguntó por la azada que había llevado a la mañana al partir, dijo que la había dejado en el rastrojo. Cosa que, efectivamente, fue comprobada poco después.
Cuando se le hicieron otras preguntas, se negó a contestarlas. Empecinándose, de ahí en más, en su negativa a declarar. Lo que iba haciéndo aún más sospechosa su situación.
La priemra impresión que había producido Gancedo a la policía, era ciertamente desfavorable. Bajo, medianamente delgado, vestido pobremente, desaseado hasta lo inimaginable, su aspecto físico, sin llegar a lo repulsivo, ofrecía un vasto campo para la observación psicológica.
El mentón cuadrado –un poco saliente- el labio inferior caído y singularmente grueso, y la conformación de sus orejas, decían en principio de un tipo que estaba en los lindes de la anormalidad.
Un tic nervioso que se repetía sin solución de continuidad, además, contraía su boca de tal suerte que hacía suponer que estaba hablando en voz baja. Y para completar el cuadro, parecía un hombre sin nervios, nada le preocupaba. Ni su incómoda situación, ni lo que podía decirse acerca de su persona. No había en él capacidad de reacción y procedía en todo como un autómata.
(Continúa)







