Había tomado intervención la División de Investigaciones de la Policía Federal, inclusive, para reforzar la acción de su similar provincial. Y el avión piloteado por José F. Gatti que acababa de trasladar de Salta a Buenos Aires al gobernador Manuel Fresco, se había sumado a la búsqueda, llevando a bordo al jefe de la mencionada repartición, comisario Víctor Fernández Bazán.
Todo esto ocurría la calurosa jornada del 24 de febrero, setenta y cuatro años atrás. Esa misma tarde, Simón Pereyra Iraola –estrechamente vinculado a Tandil- había salido de su estancia San Simon, en Ramos Otero, partido de Balcarce, acompañado por su familia y por su servidumbre, rumbo a “La Sorpresa”, establecimiento éste que era de su hermana y estaba ubicado a 25 kilómetros de Mar del Plata, pasando Camet, rumbo a Cobo.
El propósito era dejar atrás el veraneo en las sierras, para ubicarse junto al mar. Dolores Josefina Santamarina, su esposa, había señalado el camino con sus siete pequeños hijos: cinco varones que llevaban el nombre del padre (Simón Ignacio, Miguel Simón, Santiago Simón, Juan Simón y Eugenio Simón) y dos mujeres que llevaban el de la madre: María Teresa Josefina y Josefina Ana María. Detrás le había seguido él, trasladando a la servidumbre, entre la que estaban las niñeras Sra. De Amos y Lucía Meyer. Y un poco después, iba marchando José Lafuente, conduciendo un camión cargado con muebles y equipajes.
Los primeros en salir se detuvieron en Balcarce, hotel Plaza, quince minutos. Allí tomaron algunos refrescos y antes de abandonar la ciudad, volvieron a detenerse para comprar pan. Después, tomaron directamente hacia Camet, bajo un sol implacable. A poco de llegar a la tranquera del establecimiento, enfilaron por un camino de tierra que se extendía a traves de tres kilómetros, entre la residencia principal del establecimiento, constituido por un cuerpo macizo de edificación destinada a cada habitación y por otro más pequeño, ocupado por la capilla y otras dependencias.
A poco más de cien metros se levantaba el albergue de una parte del personal de la estancia. Además, con excepción del jardín que tenía al frente la residencia, todo estaba rodeado por un cerco vegetal de poco más de un metro de altura. Y en la parte posterior, se extendía un tupido yuyal, tras el cual comenzaba el monte, que ocupaba una vasta extensión.
Apenas llegaron, las criaturas echaron a correr por el césped, mientras el jefe de la familia daba órdenes a los peones para que bajaran la carga. Eran las 19 y nada hacía suponer que alguien pudiera alterar tanta serenidad, cuajada de trinos de pájaros, de fragancia de flores y de una leve brisa, deliciosa y amena, en el ocaso de la jornada estival. Sin embargo, la tragedia andaba rondando. La fatalidad agazapada, estaba al asecho. Ahí no más, detrás de los árboles, junto al cerco que delimitaba el césped del jardín.
(Continúa)







